en el baño
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Estaba tomando unas birras en un bar cuando, obligado por la urgente necesidad de ir al baño, lo vi. Una epifanía. Una revelación subrayada por tres relucientes lozas blancas no tan pulcras que despedían un olor acre, el cual se me impregnó en la parte alta de la nariz, casi llegando a los lagrimales. Pensé que la secreción de mis ojos era a causa de ese áspero aroma a amoníaco, pero enseguida me di cuenta de que no fue así (aunque quizás ayudó un poco, no lo voy a negar).
Las pastillas de naftalina que ponen en los mingitorios de los bares son lacrimógenas al contacto con la orina, y tampoco ayuda la constante erosión causada por los juegos de puntería que se practican en ese momento de relajación que es mear.
Siempre fui incrédulo de los signos zodiacales, un poco porque el que me representa a nivel astral —en un anime que veíamos en nuestra infancia, llamado Los Caballeros del Zodiaco— tiene un aire un poco afeminado y era motivo de burlas por parte de mis amigos, y otro poco porque enseguida condenan a uno por ser portador de dicho signo. Seguro comparten esta opinión personas nacidas entre el 24 de octubre y el 22 de noviembre, o el 19 de febrero y el 20 de marzo.
Pero ese día de trágicos aromas me di cuenta de algo: "Géminis es rock". Fue una frase que me infló el pecho; dadas las circunstancias, no fue el mejor lugar donde hacerlo, sin embargo sentí orgullo. Nada me importó sobre las críticas a mis constantes cambios de ideas o mi poco compromiso con nada; no iban a entender nunca la relación casi poética que viví en ese baño, donde acepté que mi dualidad es una bendición y que no nos pueden encasillar aunque quieran.
Terminada la epifanía, tomé unas bocanadas profundas de aire, me bajé el cierre del pantalón, hice lo que tenía que hacer lo más rápido que pude y salí huyendo de esa trampa química.
Me di cuenta cuando llegué a la mesa del bar, de que no me había lavado las manos, pero ya había llegado la comida, así que no iba a volver.